20121113

Lo que da de si un chicle

Todo lo que mueve un chicle

El tamaño de un chicle es proporcinalmente opuesto a todas las características que le definen

Foto: elheraldo.com
¿Sabía que cada español consume 3 kilos de chicles al año? ¿O que esta chuchería ha causado un conflicto internacional? ¿Y si te decimos que limpiar cada uno de ellos pegado en la calle cuesta el doble que comprarlo? Cuando leas este reportaje nunca más volverás a mirar con desprecio a los chicles al pasar por la tienda de gominolas.

Mitos

Los chicles, esas gomas de colores insignificantes que cuestan cinco céntimos y se venden en cualquier tienda de cualquier barrio de cualquier ciudad (excepto en Singapur) se han convertido en una obsesión para muchos. Unos los adoran, otros los odian. Y ya se sabe, los extremos nunca son buenos. Comer demasiados chicles puede producir diarrea. Las consecuencias de quererlos u odiarlos en exceso tampoco son muy alentadoras.

Prohibidos en Singapur:

En Singapur llevan más de veinte años sin escuchar al de al lado remascar y remarcar insistentemente un chicle. Su consumo y comercio se prohibió en 1982. ¿Quién dijo que el fin no justifica los medios? Había que mantener la ciudad limpia y, para qué gastar dinero en una campaña de concienciación si podían prohibirse directamente. 
foto:taringa.net
Desde Jacinton Post estamos investigando qué ha pasado con los perros en este tigre asiático. Tal vez se hayan convertido todos en robots y ya no caguen.


Pero volviendo a la goma de mascar, después de 12 años pagando multas y yendo a la cárcel por comer esta chuchería, la ley se suavizó en 2004. Ahora los singapurenses pueden mascar chicle, siempre y cuando sean sin azúcar, tengan una receta que justifique su consumo por fines terapéuticos y dejen sus datos en la farmacia donde los adquieran. Todo por unos chicles de nicotina.
Conflicto Internacional:
chicle ha sido reflejo de los odios más sangrientos como el que se profesan palestinos e israelíes. A punto estuvo de desencadenar una crisis internacional. Corría el año 1997, allá por junio. En mitad de un rebrote de la Intifada, los palestinos acusaron a los israelíes de intentar mermar su población con chicles envenenados y, para más inri, fabricados en España.

La estrategia era de lo más rocambolesca. El veneno, supuestamente, consistía en unas sustancias afrodisíacas que a la larga producían esterilidad. Vamos, que los israelíes habían decidido tomárselo con tranquilidad.


Al final, el problema se arregló. ¿Cómo? Es un misterio pero pocos se acuerdan hoy de los chicles envenenados.



foto:blogs.20minutos.es

Coleccionista de envoltorios de chicle

Le proponemos una actividad. Sitúese en una habitación tranquila, silenciosa y con una luz tenue. En un lugar en el que se sienta cómodo. Cierre lo ojos y respire. Ponga su mente en blanco. Y entonces, imagine. Haga un esfuerzo e imagine al tío más friki que pueda.

Seguro que se llama Nosal Valeriy Stanislavovich, vive en Rusia, y desde hace 35 años colecciona envoltorios de chicles. Su valioso tesoro cuenta con 18.043 envolturas de placas de chicles, vamos, de papelitos; y cerca de 44.000 tipos de envoltorios de forma diferente, o sea, los papelitos de antes, más lo paquetes, las cajetillas… esa cosas.

Según Stanislavovich su afición por los envoltorios comenzó de muy pequeño: “En la URSS no se producían chicles, los traían los marineros del extranjero. Su déficit engendró un interés extraordinario; pero lo más interesante no era masticarlos sino las tramas insólitas sobre los embalajes y envoltorios”.

Cuenta el coleccionistas después de haber visto chicles de 96 países diferentes, que los más valiosos eran, y siguen siendo, los japoneses y coreanos. “En sus envoltorios había monstruos, dinosaurios y robots”. Y añade: “Además su gusto es mucho más divertido. El sabor de alguno de ellos no pueden ser comparados con nada”.


Stanislavovich sigue haciendo viajes y buscando amigos por el mundo para conseguir envoltorios nuevos y viejos. De momento, el más antiguo de su colección es una cajita de chicles fechada el 14 de febrero de 1871.



Arte con chicles

Ni mármol, ni bronce, ni acero. Ni siquiera plástico. El artista italiano Maurizio Savini hace esculturas con chicle rosa. Hombres, animales, escopetas… Pero, ¿qué es una escopeta hecha de goma de mascar rosa? Nada. Y he aquí, la gracia del asunto: el chicle quita todo el valor que se le presupone a un objeto.

Pero si en las esculturas de Savini los bloques de chicle al menos se reconocen, en las del joven estadounidense Jaime Marraccini (¿qué tipo de obsesión tienen con la goma de mascar la gente con apellido italiano?), el material utilizado es chicle bien mascadito.

Nadie sabe lo que han tenido que sufrir las mandíbulas de este chico, que ha utilizado un total del 30.000 chicles en la realización de 23 escultoras.




Y por si fuera poco, Marraccini ha querido hacer artistas a los niños del mundo mundial. Para eso ha creado los chew by numbers. Unos kits muy completos que incluyen el número de chicles necesarios de cada color y un dibujo con unos números que indican dónde hay que colocar cada chicle. El niño pone sus mandíbulas para mascar y sus dedos para extender.
Cifras

El chicle, ese objeto cotidiano al que nadie presta atención hasta que algún pobre desgraciado saca un paquete. Y entonces, todo el mundo se empieza a hacer el tonto.

- Oye, no tendrás un chicle…

- Sí, por supuesto
- Ay… yo también quiero uno..

Y así hasta que el paquete se volatiliza; porque seguro que hay algún frikicoleccionador de envoltorios que te pide hasta el papel.
Total, que con la tontería, cada persona consume en España tres kilos de chicles y chucherías al año, según la Asociación Española de Fabricante de Caramelos y Chicles (CAYCHI). De esos tres kilos un 14% se corresponde con el consumo de goma de mascar. Esto nos sitúa por delante de algunos países europeos como Austria o Grecia, pero muy lejos de Dinamarca, en donde el consumo ronda los diez kilos por habitante y año.


Aun con todo no nos podemos quejar. CAYCHI asegura que en 2007 se vendieron chicles y caramelos por un total de 717 millones de euros, que no está nada mal. Para el que tenga curiosidad, añaden que 535 millones se facturaron en el mercado interno y 185 en las exportaciones.

Y entonces, ¿cuál es la repercusión del chicle en el empleo? Ahora que el empleo, o mejor dicho, el paro está tan de moda. Pues muy grande. La industria de las chucherías da trabajo a 6.000 personas, que anualmente fabrican 200.000 toneladas de golosinas; y a otros tantos miles que las venden en sus tiendas.
Estos últimos, saben muy bien cuáles son los gustos y preferencias de sus clientes. En 2007 los españoles compraron más chicles con azúcar, un 38%, frente al 3% que los prefirió con azúcar.

Historia y composición

Aunque el chicle lleva poco más de un siglo en los diccionarios, mascar sustancias gomosas es uno de los hábitos más antiguos que existen. Los griegos ya masticaban la resina de un árbol conocido como mastic. E incluso en Suecia se ha encontrado un chicle de 9.000 años de antigüedad. Se trata de un trozo de resina de abedul en el que se distinguen las marcas de la mordida de un hombre del Mesolítico. Parece ser que lo utilizaban a modo de cepillo de dientes.

Sin embargo, el concepto moderno de chicle, es decir, su concepto más comercial, se sitúa en la otra parte del mundo: América.

Allí, también desde tiempos inmemorables, los aztecas masticaban el látex del zapote, el fruto de un árbol propio del norte de Guatemala y la provincia del Yucatán. A pesar de que se utilizaba para mantener la boca limpia, socialmente estaba muy mal visto. El motivo: las prostitutas masticaban chicle ruidosamente para llamar la atención de sus clientes.

En el siglo XIX, la goma de mascar se volvió viajera y llegó a Estados Unido, el país de las oportunidades. Y es allí donde encontró su oportunidad. O, mejor dicho, la oportunidad la encontró el inventor e industrial Thomas Adams.

La mayoría de las versiones cuentan que Adams era amigo del general Antonio López de Santa Ana, un militar mexicano exiliado en Staten Island (Nueva York). Resulta que López de Santa Ana era un gran aficionado de la resina del zapote y se llevó consigo al exilio una gran cantidad de chicle. Una sustancia que Adams intentó utilizar para sustituir el caucho en la fabricación de neumáticos. Pero el invento no funcionó. Así que en 1871, su instinto de negocio le llevó a comercializarlo en forma de pequeñas bolitas para mascar al módico precio de un penique.

Luego llegó el sabor y con él la competencia. Los chicles de Adams sabían a regaliza, pero quince años después un tal William J. White añadió el tradicional sabor a menta. Y como nunca hay dos sin tres, apareció en esta historia William Wrigley Jr. quien, además de crear el sabor a tutti fruti, era un gran visionario del marketing. En 1891, envió un chicle gratis a todos los abonados al listín telefónico, bajo el eslogan: “A todo el mundo le agrada que le regalen algo a cambio de nada”. En total, un millón y medio de envíos. La euforia del chicle se había desatado.

Desde entonces la goma de mascar no ha hecho más que mejorarse: chicles para hacer pompas, con mil sabores, sin azúcar, de nicotina, contra el mareo…

En la segunda mitad del siglo XX, la base natural se sustituyó por una sintética. Aunque la composición de la base para goma de mascar en un secreto a la altura del de la Coca-Cola. Se sabe que está compuesta a partir de un plástico derivado del petróleo y de caucho. Luego, edulcorantes, un poco de sabor, un poco de color, y ya tenemos un chicle bien bonito.

Limpieza

foto: dogguie.com


Santander. Ciudad de la costa cantábrica. Tamaño medio: 183.948 habitantes. Consumo anual de chicles: 500 toneladas. Si los santanderinos tirasen cada chicle que se comen al suelo, la ciudad estaría cubierta de un manto pegajoso con 50.000 gérmenes por chicle que tardaría cinco años en degradarse. ¿Sucullento? No.

Por eso, hace cuatro años, el ayuntamiento se propuso erradicar la plaga. No llevan mal ritmo, a una media de 500 chicles al día ya se han rastreado 17.100 metros cuadrados.

Las cuadrillas exterminadoras de chicles se han multiplicado por la geografía española. Son la “brigada quitachicles” de Granada o los “Gum Buster” de Barcelona. Estos últimos rastrean la ciudad condal al más puro estilo Cazafantasmas. Pero sus armas no son esa especie de fumigador pegado a la espalda, sino una máquina que lanza vapor a baja presión, un detergente ecológico y un cepillo que despega el chicle.


foto:ideal.es
Mantener las ciudades libres de goma de mascar es bueno, bonito, pero no barato. Quitar cada chicle cuesta 0,12 céntimos; más del doble de lo que cuesta comprarlo. Y si no, que se lo pregunten a Castellón, que se ha dejado 62.000 euros en su campaña “quita chicles”. Así no es de extrañar que el ayuntamiento de Vitoria haya desistido con esta misión. “Al comienzo de esta legislatura se dejó de limpiar la goma de mascar de las calles”, comentan fuentes del consistorio. “Era muy caro, no dejaba bien el suelo y tenía un rendimiento muy pobre”.

Salud

Los chicles arrastran mala fama desde que los mascaban las prostitutas aztecas para atraer a sus clientes. Desde entonces comer chicles en según qué sitios y de según qué maneras está mal visto, a pesar de los efectos beneficiosos que tiene para la salud.

¿Quién tenía la suficiente valentía para masticar goma de mascar en la escuela? Pocos. Pero, ¿cuántos profesores sabían que esa actividad aumenta la concentración de los adolescentes y disminuye el estrés de los universitarios? Al menos eso asegura el estudio de unos científicos americanos. Aunque la letra pequeña dice que estaban financiados por Wrigley (multinacional de chicles).


Pero la goma de mascar no solo disminuye el estrés pre-examen; también la ansiedad pre-atracón, por lo que es recomendado para personas con sobre peso y obesidad. Aunque se sugiere que en este caso se utilicen chicles sin azúcar. El gran invento en el complejo mundo de las chucherías.

El chicle sin azucar acabó con el gran problema de los chicles y el gran enemigo de los niños (y no tan niños): las caries. Victorino Serrano Cuenca, profesor de Odontología de la Universidad Complutense, explica que en la boca hay unos gérmenes que reaccionan con el azúcar generando una acidez que daña el esmalte dental. Aquí, la bendición del chicle sin azúcar, que nos permite no estar esclavizados al cepillo de dientes. No solo por su carencia de azúcar, también porque “la masticación genera saliva, el mejor lubricante que tenemos”, comenta Serrano Cuenca.


Y cuando el chicle empezaba a recuperar la fama, el doctor Estancona, jefe de sección de Otorrinolaringología del Hospital Infantil de Cruces, en Bilbao, lo elevó a los altares. Resulta que el chicle con xilitol también ayuda a curar la otitis. En sus recetas nunca se olvida de prescribir “masticar chicles durante todo el tiempo posible”.


El único inconveniente: que el xilitol, el edulcorante que sustituye al azúcar, produce un efecto laxante batante incómodo. La causa es que ese y otros componentes son absorbidos lenta e incompletamente por el intestino. Y claro…


Tipos
foto: pulsoslp.com.mx


Hay chicles para todos los gustos: de natillas, de menta, rellenos de sustancias sospechosas, dentro de un chupachús, chicles para dejar de fumar que aportan la placentera sensación de la nicotina…


Hay hasta chicles biodegradables. Un invento de unos científicos ingleses que no se pegaban al suelo ni a ninguna otra superficie. Contiene un polímero muy parecido a la propia goma, pero que carece de la pegajosidad que muchas veces hace del chicle tradicional un fastidio.



Pero si a pesar de la amplia oferta nadie encuentra un chicle a su medida, que no se agobie. También existe la modalidad casera.


A continuación adjuntamos la receta:

Con una batidora se puede crear un chicle en casa. Para empezar debes colocar un gancho en la máquina para no romper las aspas. Se calienta la goma base al baño maría, una vez que esté líquida es conveniente ponerla en un bol para mezclarla con la glucosa. Después se pone el azúcar y, finalmente, el color y el sabor. Mientras mezclas todos los ingredientes hay quienes recomiendan poner alrededor un recipiente con agua caliente para mantener la temperatura y que la masa no se endurezca. Se debe mezclar despacio, cuando se consigue una masa uniforme ya se le puede dar la forma más apetecible siempre que esté caliente. Por último, se debe meter a enfriar en el frigorífico a baja temperatura. Aunque aparentemente el proceso es bastante simple, lo más difícil es tener los ingredientes y conocer la formulación para lograr un buen chicle.

Historias de Chicles
Un callejón en la localidad de San Luis Obispo, California, U.S.A es conocido como The Bubblegum Alley. Se trata de un estrecho pasaje de paredes altísimas totalmente cubierto de chicle (ya mascado, por supuesto). Turistas de todo el mundo ingresan masticando chicle y salen sin él.

Foto: pseudopodo.wordpress.com
Los chicles empezaron a aparecer en la década del 60. La gente se quejaba, pero la cantidad de goma masticada, pegada en la pared del callejón, seguía apareciendo. Con los años se transformó en una tradición local. Pasar por el famoso pasaje y dejar una goma pegada, hasta que toda la pared quedó completamente cubierta de chicle.
Hoy en día es una atracción turística. La gente toma fotos del lugar y deja como marca de su paso por este mundo, un chicle masticado en la pared. Los visitantes hasta ensayan diseños artísticos con los insípidos cadáveres de sus ya amorfos chicles.
Si alguna vez pasa por California, no deje de visitar el enigmático callejón del chicle y admire la obra de las mandíbulas de masticadores de cuatro décadas. Eso sí: si por casualidad está buscando un callejón oscuro para arrinconar a su novia contra la pared, éste no es el indicado.http://gregorius.blogia.com


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La información de este artículo tiene una función meramente informativa.
Fuentes de Información: http://www.jacintonpost.com


 äma®

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